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17 de julio de 2011

Bobada es bobada. Última Parte.

Bobada grande fue subir las cien gallinas de la finca al zarzo, donde dormíamos, y arrojárselas una tras otra a uno de mis hermanos hasta destripar unas cuantas. Los glúteos me duelen cuando recuerdo la golpiza de mi mamá por ser tan estúpido y revientagallinas.

En otra ocasión, cuando mi pendejada destelló al máximo por lo inmensa, fue cuando, en lugar de buscar los burros y traerlos a casa para cargar la leña, me fui de cazador de pájaros con la cauchera, gastando más de medio día con uno de mis amigotes en tan azarosa aventura. Mi madre me despellejó a rejo las posaderas como penitente promesero, sin poder aprovechar ni los pájaros ni los buenos consejos.

Finalmente la estupidez pasó la raya, porque un día soleado agarré a cazar pirispis con tan buena fortuna que llené dos salones con ellos. Para quienes no los conozcan, se trata de unos animalitos tiernos y delicados, que se dejan atrapar sin resistencia. El problema se complicó cuando sus progenitores, los pirispirispis, se enojaron de verdad, aullaron y pretendieron echar por tierra los salones perdiendo así mi linda colección de microscópicos avechuchos y estar a punto de ser linchado por tales sabandijas y por mis pacientes y despistados lectores.

6 de julio de 2011

Bobada es bobada. I parte

¡Ay jueperca, si hasta me duele la cabeza cuando recuerdo mis primeros años! ¿Años digo? ¡No! ¡Siglos!

Lo primero que alcanzo a avizorar es a mi mamá entregándome un tabaco "tumbaviejas", dizque para espantar los zancudos que nos piqueteaban sin misericordia a los seis hermanos. Después supe, aunque tarde como siempre, que a los zancudos les sirve el humo de desodorante.

La ignorancia todo lo soporta. Como cuando me encontró mi papá corriendo detrás del marrano reproductor para cortarle una lombriz en forma de tornillo sin fin que brotaba del vientre del animal.

En esos andurriales de Cunday, en el Oriente del Tolima, donde sólo se habla de violencia, aunque en todo el mundo es igual, me acompañaron siempre la candileja, el mohán, las brujas y las ánimas, que aunque jamás vi tales endriagos, los sentía respirándome en la nuca y reprochándome la madrugadera por la maldita leche. ¡Como si los pobres tuvieramos derecho de escoger profesión!

En fin, a los cinco fui muchacho de ranchería, nombre rimbombante porque no era más que acompañar a la guisandera para que no la asustara la madremonte o la madre de agua.

Así, entre espantos y jornaleros, fui bebiendo mis primeros sorbos de libertad, que se harían permanentes porque los viejos no tenían con qué alimentarnos.